Los trabajos y los días de un vendedor ambulante
- Clara Andersch

- 26 abr 2019
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 11 jun 2019
HÁBITOS ALIMENTARIOS EN LAS VÍAS
“Axila” se despierta al alba, prepara el café y lo vierte en su termo azul, se toma el 720 que cruza Cazón y se baja en la estación de Tigre, pasa la sube por el molinete y anuncia el precio de una taza.
Por María Clara Andersch
Antes de que Globo o Pedidos Ya siquiera existieran, los vendedores ambulantes ya acercaban comida a la mano del consumidor. Sus ofertas son esenciales en estaciones como la de Rivadavia, en el barrio porteño de Núñez, ya que el único quiosco abre tarde. El tren urbano de la línea Mitre realiza 17 paradas hasta llegar a la Estación de Tigre. En ese transcurso recorrido, los vagones se transforman en un mercado para los vendedores de budines, turrones, chocolates Hamlet o chipá.

En la abertura de la primera puerta, una mañana fría a las ocho, “Axila” se reía con una de sus compradoras regulares mientras llenó un vaso de telgopor con café. Hace años sus sonrisas y su termo azul dan color a miles de clientes madrugadores, puesto que su jornada empezó al alba. Su tranquilidad contrastaba con la de los hombres trajeados que llevaban mochilas pesadas y se apilaban en los vagones para llegar a sus trabajos, a la universidad o al colegio.
Antes de pasar por el molinete en la estación de Tigre hay un quiosco, una panadería y un Starbucks. Un pasajero seducido por la sirena verde pasó con un vaso de plástico ignorando a Axila. Pero ese café no era su principal competencia: en el tren de la línea Mitre trabajaban aproximadamente 70 vendedores ambulantes. Por eso, antes de subir al tren, se puede ver a los vendedores de pastillas, alfajores Vauquita o Tic Tac coordinándose. Los números no son anormales, según un diagnóstico publicado por la Jefatura de Gabinete de Ministros, el trabajo autónomo de bajo nivel educativo representa 13 puntos del 45% de la población económicamente activa.
Cada vez que las puertas se juntaban una ventisca fresca entraba disminuyendo el calor y ventilando los vagones.
El día era frío, aun así, se observaban algunos pocos vasos con café. La mano de un veinteañero revolvía con ganas una bolsa de cereales en busca de pasas de uva. A las 9:20 una señora comía una galletita de chocolate rellena que había sacado de su cartera. Incluso, un grupo de estudiantes universitarios explicaron que prefieren traer comida de sus casas, porque los paquetes que compran en los mayoristas les resultan más baratos.
Pasadas las estaciones Carupa, Virreyes, Victoria, San Fernando, San Isidro, Beccar, está el cruce peatonal de la calle Corrientes, frente a la estación de Olivos. Allí Hugo vendía dos chipás en forma de anillo a 20 pesos. A sus 60 años, aclaró que su tope de ganancias era 800 o 1000 pesos por día. El trabaja en todos lados: “Aquí y allá como le dicen”. Hugo trabajaba en el rubro desde que tenía nueve años, antes vendía pañuelos Élite, pero como encarecieron, comenzó a vender panes de queso que compraba en una panadería de barrio.
La clientela cambió con el pasar de las horas, los trabajadores y estudiantes fueron reemplazados por jubilados, que a su vez cedieron sus asientos a familias con hijos chicos. Durante las horas pico, cuando el vagón parecía una olla de presión, los vendedores bajaron y cambiaron el lugar de venta; si no podían caminar no podían vender.

Un trabajador ferroviario que vestía un sweater celeste con el logo de Trenes Argentinos comentó que los cuentapropistas trabajan todo el día, comienzan al alba, de 4 a 8. A las 11 vuelven a tener un consumo fuerte que decanta a la 13:30 aproximadamente. Su último horario pico de venta es de 17 a las 21.
Para los vendedores que no llegaron a cubrir sus expectativas las últimas horas son las de mayor tensión, en las que se empieza a ignorar el orden que se había pautado, porque saben que es complicado comerciar afuera del transporte público. Un vendedor dijo que los municipios dificultan la venta, mientras acomodaba la caja sobre su pierna, se quejó: “Es por los locales viste, pero nosotros no les vamos a sacar muchos clientes”. Las reglas de venta cambian continuamente para esta comunidad de trabajadores: su rutina consiste en readaptaciones sucesivas.



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